Víctimes del genocidi franquista. Ni oblit ni perdó: justícia

Miguel Hernández Alepuz, licenciado en Historia Contemporánea y nieto de represaliado, responde a Fernanda Romeu

"PONER SILENCIOS A LAS PALABRAS"

"En respuesta al artículo malintencionado y, en ocasiones, abiertamente falaz de Fernanda Romeu Alfaro titulado “Poner palabras a los silencios” y publicado en Rebelión el 1 de julio, es necesario y urgente hacer algunas puntualizaciones."

dimarts 15 de juliol de 2008

Poner silencios a las palabras Miguel H. A. Licenciado en Historia Contemporánea y nieto de represaliado

“Hay que sembrar el terror [...], hay que dar la sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensan como nosotros” (General Mola, 19 de julio de 1936).

Allen: "¿Cuánto tiempo va a continuar la masacre, ya que el golpe ha fracasado?". Franco: "Yo continuaré avanzando sobre Madrid hasta que mis tropas hayan pacificado el país." Allen: "¿Significa eso que tendrá usted que fusilar a media España?" Franco le contestó, sonriendo: "Escúcheme bien. Le repito que cueste lo que cueste."

(27 de julio de 1936, el periodista norteamericano Jay Allen entrevista a Franco en Tetuán).

En respuesta al artículo malintencionado y, en ocasiones, abiertamente falaz de Fernanda Romeu Alfaro titulado “Poner palabras a los silencios” y publicado en Rebelión el 1 de julio, es necesario y urgente hacer algunas puntualizaciones.

La incertidumbre, la desorientación y el fin de las certezas de la izquierda seguramente es algo que ella siente en sus carnes, pero no es algo que suframos algunos de los hijos o nietos de los que asesinó el franquismo por defender unas ideas que aspiraban a construir un mundo mejor. Y esa convicción en nuestros principios, y ese intento por rehabilitar la memoria de nuestros familiares, no nos ha llevado, ni nos llevará jamás, a manipular la verdad histórica. El Fòrum per la Memòria del País Valencià no es un departamento universitario de historia, ni un club de ociosos diletantes, sino un reducido grupo de personas que no se resignan a seguir desconociendo donde están enterrados sus muertos, y todas las circunstancias que rodearon su muerte, y que aspiran a que algún día el Estado español no siga siendo una excepción en el ámbito internacional en materia de derechos humanos. En la mayoría de países, incluidos los del llamado Tercer Mundo, los crímenes contra la humanidad tarde o temprano son juzgados, los genocidas son sentados en el banquillo y las parodias de juicios aplicadas a las víctimas son declaradas ilegales. Eso no ha pasado nunca en España, a pesar de que han transcurrido casi 33 años de la muerte en su cama del tirano, y de que el genocidio español es difícilmente superable por su número de víctimas y por su crueldad sin límites. “El genocidio franquista en Valencia. Las fosas silenciadas del cementerio” no es una monografía parida por un historiador profesional en su búsqueda de méritos académicos que le puedan proporcionar un lugar al sol que más calienta. Ni es un libro de grata lectura con el que se aspire a obtener unos ingresos por derechos de autor. Se trata del intento de dar a conocer dos extremos curiosamente olvidados por los historiadores profesionales indígenas. Por un lado, una fuente histórica importantísima, totalmente virgen, y que se encontraba en el lugar más lógico imaginable: los registros de enterramientos en el cementerio municipal de Valencia. Por otro lado, el lugar adonde habían ido a parar todos esos miles de personas que no pudieron escapar ni hacia los Pirineos ni por el mar durante el primer trimestre de 1939 en lo que quedaba de zona fiel al régimen legalmente establecido. Se trata de que las familias de miles de personas supieran de una vez adónde había ido a parar su hermano, su padre o su abuelo, y ello ante la pertinaz oposición y trabas del Ayuntamiento de Valencia, que llegó a negar el acceso a esos registros públicos, y que no dudó en acudir a los tribunales para tratar de destruir la única fosa común que quedaba intacta. El asunto actualmente continúa en el Tribunal Constitucional. Es decir, en vez de colaborar en la investigación de estos hechos y en la realización de un acto de desagravio simbólico de las víctimas del fascismo, en tanto que administración pública supuestamente democrática, se sigue pensando en términos guerracivilistas, esto es, mi bando, tu bando. Se cede suelo en la zona más cara de la ciudad para crear un macrosantuario a los mártires de la Cruzada, mientras se meten excavadoras para partir los esqueletos de los murieron por la libertad y que todavía continúan en inmensas fosas comunes. Y luego tenemos al stablishment académico local, arropándose unos a otros, despreciando el trabajo del Fòrum, y criticando en cuanto hay ocasión o sin necesidad de ella. No resultan extrañas las alabanzas a Vicent Gabarda, cuyos libros han sido utilizados como arma arrojadiza por la alcaldesa que sufrimos, y cuya mezquina actitud personal no vamos a comentar. Ni tampoco lo es que tres años después el Fòrum siga esperando la llamada telefónica prometida por un catedrático del Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia cuando se fue a pedirle ayuda y orientación.

“No puedo comprender que un simple listado se presente como un estudio definitivo”, dice Fernanda. ¿En qué página y en qué línea se afirma semejante cosa? Si usted no es capaz de responder a esta simple pregunta tendremos razón cuando afirmamos que su artículo es falaz. Vamos a ver si es capaz de entenderlo: se trata de encontrar por fin a personas de carne y hueso, ahora ya solo hueso, con su nombre y apellido, y saber más o menos en qué fosa común, en qué fila, en que columna y en qué posición están. Quizá si usted hubiera encontrado a su abuela o a su padre gracias a este libro no dedicaría su tiempo a atacar a personas que han dedicado miles de horas a este desagradable trabajo.

Miguel Hernández en la cárcel sufrió de bronquitis, luego de tifus y más tarde se le complicó con tuberculosis. Según el médico murió de Fimia pulmonar. Tenía 31 años. Para Fernanda, Miguel Hernández no sería una víctima del franquismo, o habría que distinguir entre represión “pura y dura” y “las enfermedades y carencias propias del sistema dictatorial”. Sin embargo, nadie duda de que con unas mínimas atenciones sanitarias quizá aún podría estar entre nosotros.

Decimos que su artículo es malintencionado cuando, entre otras cosas, afirma abrir una página cualquiera, la 115. También es casualidad que no abriera el libro por la página donde está anotado Indalecio García Hernández que "muere" de "ablación total del cuerpo", es decir, descuartizado, en el Hospital a los 64 años y que tiran sin ataúd a la fosa de la Sección 7ª Derecha; o por la que está anotado José Zapata García de 5 años que también "muere" en el hospital de "fractura bóveda y base de cráneo" también tirado sin ataúd a la Sección 7ª Derecha, o de los hermanos Guillermo y Josefa Orto Palencia, de 1 mes y 4 años respectivamente, tirados, también sin ataúd, el mismo día, a la fosa de la 7ª Derecha, o por la página en la que está Libertad Marques de 7 años que también "muere" en el hospital, está vez de "decapitación", tirada igualmente sin ataúd a la fosa de la Sección 10ª, y seguramente asesinada a causa de su nombre, además de por ser hija de “rojos”. Teniendo en cuenta que estos casos se repiten hasta la angustia, si que es causalidad que abriera el libro por "una página cualquiera, la página 115", en la que no se refleje ninguno. Llama también la atención que mencione el caso de una criatura que muere por "atrepsia", y que no explique lo que es. La atrepsia es la debilitación total del cuerpo por carencia de alimentos, pero para Fernanda este detalle no es considerado lo suficientemente grave como para calificar a la criatura de víctima.

Acusa al Forum de desear multiplicar el verdadero alcance de la represión franquista, de tener un “deseo cuantitativo”. Igualmente podría acusarle el Forum de tratar de minimizar y de esconder el verdadero alcance de la represión. Y para colmo se atreve a mencionar los casos de Chile y Argentina, donde a los hijos de los asesinados los adoptaban los jefes militares o los torturadores de sus padres, lo cual siempre es mucho mejor que asesinarlos, como se hacía en muchas ocasiones por estos pagos y como se puede comprobar en el libro. La cifra de Argentina se suele ajustar a los 30.000 asesinatos, lo cual es monstruoso, sin duda, pero nada comparable a la que sería para España, y que nunca sabremos con exactitud, sobre todo si se sigue torpedeando a aquellos que tratan de averiguar la verdad histórica.

Sostiene que el pacto de silencio es matizable y que al menos se acabó con la censura, “a pesar de todos los matices que se quieran”. Sinceramente, que podamos hablar o escribir sin que vengan a por nosotros a matarnos no nos basta. Queremos que el Estado español deje de ser una excepción internacional en la aplicación de los derechos humanos, que se investiguen los crímenes contra la humanidad, que nunca prescriben, no por asociaciones de familiares que tienen que luchar contra viento y marea, sino desde el mismo Estado y con todos sus medios, si es que se quiere seguir reclamando como “democrático”. Setenta años de espera nos parecen más que suficientes.

Su artículo se titula “Poner palabras a los silencios”, en cambio lo que pretende es silenciarnos, poner silencios a las palabras. ¿Por qué no dedica sus críticas a quien se lo merece, en vez de a aquellos que no hemos renunciado a luchar contra el olvido, contra la impunidad y contra los descendientes de aquellos fascistas que asesinaron a nuestros familiares y a los suyos?

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