Víctimes del genocidi franquista. Ni oblit ni perdó: justícia

Red Libertaria. 30 diciembre 2000. El dedo en el ojo de Felix Gª Morinyón

Pedir perdón

Hace ya muchos años, una madre argentina del movimiento de lucha contra la dictadura ponía el dedo en la llaga. En una entrevista admitía que le parecía muy bien que los obispos argentinos pidieran perdón por su colaboración con la dictadura militar, pero serían más creíbles si el perdón lo pidieran desde la cárcel

divendres 1 de gener de 2010

El dedo en el ojo del Felix Gª Moriyón

Estamos asistiendo en los últimos tiempos a un incremento notable de la petición de perdón. El esquema viene siendo el mismo en todos los casos: alguien o algunos han cometido algún acto que ha perjudicado gravemente a otras personas. Descubierta la fechoría y el autor de la misma, éste pasa de forma inmediata a pedir perdón, esperando encontrar con ello una recuperación de la propia imagen y en algunos casos la tranquilidad de su propia conciencia.

La tendencia, en principio, no está mal y puede contribuir a sanear el clima social. Recoge, en definitiva, una vieja tradición de las sociedades con profundas raíces cristianas como la nuestra. El cristianismo, en concreto el catolicismo, ha considerado desde sus orígenes que pedir perdón es un elemento esencial de la vida religiosa, sin el cual no es posible la reconciliación con los demás y con uno mismo. Si bien ha habido duras críticas a esta actitud, tampoco se pueden negar sus propiedades terapéuticas. Más allá de su dimensión religiosa, pedir perdón cura en especial a quien lo pide, pero también a quien lo concede, y en eso están de acuerdo los psicólogos clínicos actuales, quienes también consideran imprescindible aprender a perdonar y a pedir perdón.

Entre los casos recientes, tenemos el de Diego, el joven de Tenerife, que fue injustamente acusado el pasado mes de noviembre de haber abusado y maltratado a la hija de su pareja. La prensa en general, y la más amarilla en particular, se cebó con él saltándose las normas más elementales de presunción de inocencia. Demostrada su inocencia, rápidamente empezaron a pedir perdón a una persona que estaba teniendo serios problemas provocados por el linchamiento mediático del que había sido víctima.

Bien está, sin duda, pedir perdón, pues supone el reconocimiento público de que algo se ha hecho mal. En ese sentido considero ejemplar otro caso reciente. La Corte Interamericana de Derechos Humanos condenaba al Estado Mexicano a reconocer en público su responsabilidad por unos hechos delictivos; esto es, le exigía pedir perdón por su desidia en la investigación de la desaparición de varias jóvenes en Ciudad Juárez. Razón tiene la Corte Internacional y desde luego echamos en falta muchos actos de reconocimiento público de la propia responsabilidad.

Un ejemplo concreto lo tenemos en nuestro propio país. Todavía nadie ha pedido perdón por los crímenes del régimen de Franco, ni los herederos intelectuales y políticos —que los hay— de aquellos hechos ni tampoco los que todavía están vivos, incluso ocupando cargos de cierta relevancia. La misma Iglesia Católica sigue sin hacer un examen de conciencia colectivo riguroso sobre su complicidad, exceptuando la reciente petición de los obispos vascos de perdón por su silencio con algunos crímenes del franquismo, petición demasiado limitada en su alcance como para suponer un arrepentimiento genuino.

Nadie, que yo sepa, ha pedido perdón por la crisis económica que tanto está perjudicando a una gran parte de la humanidad, por más que esté claro que hay responsables directos de esa crisis, personas con nombre y apellidos que tomaron decisiones que supusieron su enriquecimiento personal y la ruina social. Y se pueden multiplicar los ejemplos de total ausencia de conciencia morales que impiden tanto el reconocimiento de la propia culpabilidad como la petición de perdón a las víctimas.

Ahora bien, siendo bueno y necesario, desde luego no basta. Volviendo al ejemplo inicial, no me parece que los periodistas que denigraron a Diego hayan expiado sus culpas y hayan reparado adecuadamente a la víctima de su sensacionalismo. Hace ya muchos años, una madre argentina del movimiento de lucha contra la dictadura ponía el dedo en la llaga. En una entrevista admitía que le parecía muy bien que los obispos argentinos pidieran perdón por su colaboración con la dictadura militar, pero serían más creíbles si el perdón lo pidieran desde la cárcel.

Esa petición va en el mismo sentido en el que está redactada la sentencia de la Corte Internacional antes mencionada. Se exige al Estado Mexicano que repare el daño hecho y que atienda a las víctimas de manera adecuada, especificando además algunos actos concretos de dicha reparación. Le exige también que especifique concretamente los hechos por los que está pidiendo perdón, sin escudarse en una genérica petición de perdón que suele comprometer a bien poco. Esta doble exigencia está en sintonía con la clásica actitud de la Iglesia respecto a la penitencia: hay que reconocer con detalle los propios pecados, pero además hay que cumplir la penitencia para expiar y reparar el mal hecho. Y está claro que en estos momentos goza de gran aceptación pedir perdón, pero no goza de tanta aceptación la disposición personal a cumplir la penitencia y reparr el mal hecho.

No obstante, tampoco debemos caer todos de pronto en peticiones públicas de perdón, no sólo porque terminaríamos convirtiendo esas peticiones en un ejercicio inocuo, más próximo al cinismo moral que al genuino arrepentimiento. Vuelvo a un caso bien reciente que nos muestra la cara más fea de la petición de perdón que ha contribuido durante siglos a convertirlo en una ceremonia del poder y de la humillación.

Ahí tenemos al rey de Marruecos, Mohamed VI, exigiendo a Aminatu Haidar que le pidiera perdón por la ofensa que había cometido contra Marruecos y contra el rey. Hizo bien Aminatu en negarse a esa claudicación proclamando que ella no era culpable de nada y que defender los derechos propios y de su pueblo frente a los opresores no constituye ninguna culpa que demande la petición de perdón. Cuando los poderosos exigen la petición de perdón están apuntalando sus prácticas opresivas. Convierten a los otros en súbditos que deben solicitar la gracia misericordiosa de sus señores, para de ese modo ratificar la asimetría de las relaciones entre ambos. Les humillan para acrecentar en su ánimo la conciencia de su impotencia y de su dependencia frente a quienes de hecho ostentan y ejercen el poder.

Este modelo clásico de la petición de perdón debe ser siempre enérgicamente condenado. No contribuye en absoluto a la reconciliación social, sino a la perpetuación de la injusticia y la desigualdad. De manera perversa se invierten los papeles y se culpabiliza a la víctima, quien es convertida en última instancia en la responsable de los castigos que le inflinge el poderoso de turno. Hace buena y sabia la advertencia de Nietsche: nos hacen libres para poder hacernos a continuación culpables. Y una vez reconocida nuestra culpabilidad nos condenan a la más absoluta impotencia, obligándonos a aceptar humilde y resignadamente nuestra situación de completa opresión.

Bienvenida sea, por tanto, la práctica de pedir perdón y perdonar, pero con las debidas reparaciones y penitencias. Al mismo tiempo, sigamos rechazando esa culpabilidad inducida que lleva a las víctimas a pedir perdón a sus verdugos.

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