Víctimes del genocidi franquista. Ni oblit ni perdó: justícia

Kaosenlared. 24-11-2011. Alfonso Legaz

Vendrán más niños y nos harán mejores

Estado del franquismo tras el 20N. El horror de España por su verdad, o como se trata de ignorar la investigación que sobre las fosas comunes del Cementerio General de Valencia realizó Empar Salvador. " La Memoria Histórica Española es una burbuja inventada para alojar en su interior aquello que debe quedar fuera de la historia y de la memoria. Es otra cosa. Y hoy, más que nunca, regulada la presión de sus gases por una Ley aprobada por el PSOE y calificada de ignominiosa por Amnistía Internacional"

dilluns 28 de novembre de 2011

Kaosenlared

Alfonso Legaz

Empar Salvador tiene delicada la salud. Me contó a principios de verano que la ingresaban en un hospital. Nunca pregunto demasiado y ella tan sólo me dijo que, algo de lo que “entonces” le habían hecho las monjitas, lo pagaba ahora casi a la vejez. Hay hombres y mujeres que te hacen nacer. Y hay hombres y mujeres que te hacen vivir. Empar, que arrojó sobre su pequeña estatura la inmensa tarea de rescatar del silencio nacional veintiséis mil nombres y apellidos de españoles asesinados y lanzados a la gran fosa de Valencia, pertenece al segundo grupo.

Esos nombres por los que Empar luchó durante años entre ficheros y hemerotecas, agotada ante polvorientas torres de registros de defunciones, amenazada por quienes todos conocemos y que, aprovechando la criatura virtual, le siguen haciendo llegar sus anónimos de toda la vida ahora por email o al móvil, esos nombres son, y en cierta manera lo serán siempre, los Nombres de Empar. Y también son los que llevaron al patíbulo la carrera profesional en España de Garzón. Y aunque todos sabemos que ningún juez se queda en paro, eso le costó. Sin embargo, mientras Empar lucha por publicar la malograda identidad de tantos desaparecidos, silencia el sufrimiento que a ella en particular destinó la dictadura. Como una víctima más de las acalladas atrocidades que en su día dieron carta de naturaleza a la actual clase dominante en España, la opción de acabar con el horror que un día hubo de soportar sobre sí, pasa por negar su crónica, obligándolo a morir consigo. Como si en esa revelación, la injuria y la vergüenza de la raza humana, la humillación de ser vejado un día y otro durante años por un semejante, encontrasen alimento y techo, viajando de la memoria individual a la memoria colectiva, donde perpetuarían quizá su existencia. Un día le hablé de un proyecto de libro en el que, por entonces, yo trazaba esbozos utilizando un reportaje fotográfico que había realizado días previos al inicio de obras en la Cárcel Modelo de Valencia y que, sin duda, requería datos y elementos biográficos de un militar republicano que habitó la celda número 50 hasta que en 1942 lo asesinaron, como a casi todos los 10.000 presos que le acompañaban aquellos días en La Modelo que apenas tenía aforo para 500. Le conté las dificultades que estaba encontrando para acercarme a los descendientes. Entonces fue cuando Empar me habló de ese tipo de silencio.

La Memoria Española no es como la de los judíos supervivientes a los Campos de Exterminio del aliado de Franco, luchando por sobrevivir para contar y que el mundo sepa. La ética judía no se parece a la de los españoles que defendieron la libertad en España, tampoco se parece a la ética de los otros españoles, los fascistas, incluso tampoco a la de los que dijeron que no pudieron hacer otra cosa que aliarse con los segundos. Ni el final de Augusto en Chile, corrido por medio occidente antes de caer para morir en su cama, nos pone en antecedentes con la Memoria de sus desaparecidos, el mismo número de desaparecidos que Empar censó en las fosas comunes que actualmente quedan en el Cementerio General de Valencia. Tampoco la nuestra se parece a la Memoria del Apartheid Sudafricano que acabó en la picota de unos juicios públicos por Crímenes contra la Humanidad, donde víctima y verdugo se veían las caras ante un tribunal y donde el torturador blanco se hincaba de rodillas en público ante su víctima negra y superviviente clamando por el perdón. La Memoria Histórica Española es una burbuja inventada para alojar en su interior aquello que debe quedar fuera de la historia y de la memoria. Es otra cosa. Y hoy, más que nunca, regulada la presión de sus gases por una Ley aprobada por el PSOE y calificada de ignominiosa por Amnistía Internacional. Y es normal que sea así. La élite franquista, no sólo no es enjuiciada tras la muerte del dictador, sino que desde sus despachos, desde sus pisitos robados a víctimas de la dictadura, desde la vanidad de mirar al vástago recién licenciado en derecho y robado, sin que el licenciado en derecho lo sepa, a alguna mujer encarcelada, se prepara para afrontar su particular aventura del reciclado posmoderno, y así es abrazada internacionalmente esa élite desde antes de 1975.

España no ha cambiado de manos desde 1939. Por eso Empar guarda silencio sobre las ofensas que tantos españoles le hicieron. Porque en este país no hay a quién clamarlas. Porque abunda entre los demócratas, ellas y ellos, poner boca como de pimiento de piquillo para exclamar un ohhh! mudo, de cortesana, cuando se enteran que todos los desaparecidos de la dictadura chilena caben en las fosas comunes del Cementerio General de Valencia, llenadas con impulso del Pleno Municipal de la época, que refrenda el de ahora cuando se niega a condenarlo. Seis gigantescos agujeros excavados en tierra de la época en que Manolete toreaba y mataba con su estoque a presos republicanos en la plaza de toros de Badajoz. “¿Y cómo es que yo no sabía eso?” Y yo, cuando he escuchado ese ohhh! cortesano mientras fotografiaba algún campamento 15M declarado apolítico, me sigo escandalizando porque la reacción ante la ignorancia de quiénes somos y de dónde venimos es cambiar de tema o enfocar el reciente descubrimiento como quien se entera de la existencia de un nuevo parque temático en las afueras de París. El silencio de Empar y el del resto de víctimas vivas o muertas, significa que el mundo se queda tal cual. Pero peor. El duelo necesario a toda víctima, cambiado por silencio, como diría un psicólogo de apoyo en caso de desastres, es producto de quien se sabe en terreno enemigo, o como poco en casa de otro y, en el mejor de los casos, sólo puede esperar indiferencia de los anfitriones, si no burla.

11 millones de españoles votan con lucidez de fedayin al partido de los herederos de Franco. 11 millones. El muro que nos separa de la justicia es más alto que el de Gaza. Es terrible averiguar que el régimen funcionaba por la denuncia de un vecino sobre otro. Ser denunciado por contrario al régimen y encarcelado, o asesinado, volvía sospechosa a toda la familia del nuevo hereje, a todos los amigos, a los compañeros de trabajo. El silencio que apuntaló los crímenes de la dictadura franquista fue aquel propiciado, entre otros, por familiares que callaban ante vecinos y conocidos el encarcelamiento de un padre o una hermana, de un hijo, para que el rechazo general no colocase en el punto de mira del sistema al resto de la familia. Sacrificamos a uno y salvamos a los demás. El crimen era silenciado por todos. Nada que ver con las Locas de Mayo argentinas. Si ibas a una comisaría a preguntar por un familiar detenido te volvías sospechoso, y contigo se estigmatizaba tu entorno inmediato. Apestados en las listas negras, sin derecho al trabajo ni cartillas de racionamiento mientras los mancos fascistas tenían asientos reservados en el transporte público. El vecino que denunciaba a otro llevaba premio a casa. Más silencio español, como el de hace unas décadas, es este intento de silenciar que hoy alimenta la afirmación tan extendida, tan colectiva, de dejar tranquilo el pasado. No puedo dejar de pensar en la cantidad de millones de manos sucias en cuarenta años de dictadura. La guerra nada tiene nada que ver en esto. Nada. No puedo dejar de pensar en el otro silencio, el silencio individual en el que vive cada una de las víctimas entre el 39 y el 75. El silencio de Empar. Y escuchando ese silencio no dejo de pensar en la tropa de 11 millones de seres sin memoria, seres que anticipó Orwell, negando el pasado, o quizá apuntándose a él, desfilando este 20N al son de la élite heredera de Franco. El ejército nazi que trató de conquistar el mundo en 1939 sólo disponía de 8 millones de hombres y de mujeres.

Algo más oscuro que las vigentes fosas de la dictadura, no de la guerra, determina la actual suerte española. Algo tan oscuro como no querer enterarse que existen esas gigantescas fosas nos empobrece más que la crisis económica. O la explica. Es tan oscuro como hablar o escribir, o filmar, o fotografiar sólo las fosas de cunetas o descampados. Las grandes matanzas se produjeron tras finalizar la guerra, y en las ciudades. Irracional y mezquino todo valenciano, y toda valenciana, que con un ramito en las manos, cada 1 de noviembre, pasea junto a unas fosas comunes que trata de esquivar en su Cementerio General. Niega que en el cementerio existieran un día agujeros como campos de futbol, hoy cubiertos de una hierba similar a sobre la que juegan su héroes de la "roja" mundialista, y que se llenaron arrojando dentro personas cuyo único delito fue defender un estado de derecho, y por las que Empar Salvador consagró años de su vida para averiguarles el nombre. Niega tener los agujeros a la vuelta de la esquina. Niega que se encuentren en su soleado cementerio rodeado de puestecitos de flores el día 1 de noviembre, cuando lleva un ramito que dejará en el lugar donde reposan sus muertos. Lo niega tratando de robar la historia a los demás. Y mientras él y ella niegan los crímenes, alguien pone a trabajar toda la tecnología de los satélites para poder dibujar una nueva cruz sobre el mapa de las supuestas fosas montaraces que aún están por descubrir. Cortinas de humo. Y para colmo de felicidad y de infamia de verdugos y soplones sentados junto a los demás en parques y cines, rige este protocolo: recogerás unos huesos, sin alzar la voz, y dando las gracias porque un canal de televisión lo filme. Un día cercano, transcurridas tres generaciones, el pueblo alemán hubo de reconocer ante el mundo que no se asesina a seis millones de personas sin que el resto de la población se entere.

Si España no consigue sacudirse las mentiras sobre su Bochornosa Memoria Histórica, España está perdida. Nadie construirá jamás un país con futuro sobre la base de tantos crímenes y mentiras. No habrá jámás una nueva España obligando a las víctimas por la democracia a caminar acallando las ofensas como vergüenzas. Ningún documentalista puede llamarse a ser entre los grandes, tan sólo sospechoso, trabajando para rescate de memoria y desaparecidos en lejanas dictaduras, y luego aquí mirar a otro lado. Caso de alguna figura del fotodocumentalismo español. España camina como un zombi. Sus historiadores son anglosajones, luego sus libros se traducen y se importan. Su 15M articula una milicia ahita de presente, que desprecia la historia hasta que se demuestre lo contrario. Sus 5 millones de parados permanecen silenciosos. España se degrada a cada versión actualizada del mensaje navideño tipificado por Franco, a cada desfile anual de la cabra legionaria. España se degrada por su silencio a la hora de la cena, cuando el telediario muestra la detención de un rapero por la letra de sus canciones y nadie ignora que los miembros de Falange acumulan derechos, disfrutando del protectorado de las instituciones públicas que pagamos entre todos. El silencio es el único sonido en todas las aulas, cuando a los cachorros españoles les toca estudiar la historia contemporanea de su propio país. Lo mismo en la universidades.

Y a pesar de todo, aun atrapados en esta democracia bufa, necesitamos creer en un futuro. Vendrán más niños y nos harán mejores. Y hemos de ser capacesde hacerlos nacer. Y también de hacerlos vivir con honestidad para que llenen de sonido el país. Y nos salven. Vi una película ambientada en el colaboracionismo francés durante la ocupación alemana de París. Un niño judío que huye de los nazis recrimina a un adulto colaboracionista sus mentiras. El hombre le dice: “¿Mentira? Todo es mentira. Todos mienten. Mi hija miente. Mi mujer miente. Mi yerno miente. Tu padre miente. ¿Qué sería de todos nosotros si dijésemos la verdad? Sería la guerra”. El niño responde, “¡Esto es la guerra!”

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