Víctimes del genocidi franquista. Ni oblit ni perdó: justícia

José Peirats. “Los anarquistas en la crisis política española (1869-1939)”

"Lo abracadante fue en Casas Viejas..."

La derecha se unió a la izquierda ante el crimen de Casas Viejas. Se procesó al capitán Rojas, ante cuyas declaraciones hubo de procesar también al director general de Seguridad. Éste dijo que había recibido órdenes concretas del ministro de la Gobernación (Casares Quiroga), quien las había obtenido del propio jefe del gobierno (Azaña). Pero no se pasaría más adelante. Las órdenes de arriba habían sido: “Ni heridos, ni prisioneros: tiros a la barriga”

divendres 10 de setembre de 2010

(En memoria de todas las personas que fueron asesinadas por luchar por un mundo diferente cuyos asesinatos fueron silenciados y ocultados en razón de intereses "políticamente correctos y/o convenientes")

Lo abracadante fue en Casas Viejas ...

Momento en el que cuentan a los ejecutados en Casas Viejas. Foto CNT

Era una aldea remota en la provincia de Cádiz. Se había proclamado el comunismo libertario sin ninguna dificultad ni víctimas. Reinaba la paz y la alegría, el orden paradisíaco, hasta que llegó la fuerza pública. Irrumpieron en el pueblo disparando. Varios muertos quedaron tendidos en la calle. Penetraron seguidamente en las casas y empezaron a hacer gavillas con los presos. En su recorrido llegan delante de una choza con tejado de paja y ramas secas. Irrumpen brutalmente en ella. Suena un tiro y uno de los guardias hace una pirueta. Otro tiro y otro guardia cae. Éste, herido, trata de filtrarse por la corraliza. Los demás han retrocedido. ¿Quién está en la choza? El viejo Seisdedos, un anciano de setenta años con una caterva de hijos y nietos. El primero no quiere entregarse. Los demás no podrán salir impunemente. Los guardias toman posiciones a distancia y reciben refuerzos. Hacen funcionar las ametralladoras y las bombas de mano. Seisdedos no se rinde. Dispara poco y a bulto seguro. Caen dos guardias más. La lucha se prolonga toda la noche. Dos de los pequeñuelos consiguen escapar cubiertos en su retirada por alguien que cae taladrado. Va a amanecer y se quiere terminar de una vez. Las bombas de mano resbalan o sus explosiones son amortiguadas por el techado de paja. Las balas se estrellan contra las piedras. Alguien ha dado con la clave. Se cogen trapos, puñados de algodón, y se forman con ellos pelotas empapadas de gasolina. Unas bolas rojas rasgan la oscuridad de la noche como aerolitos. La techumbre crepita y se convierte en antorcha. Muy pronto las llamas envuelven la choza. Las ametralladoras olfatean la caza. Sale alguien y una muchachita flameantes. Las máquinas tabletean y dejan en el suelo pequeñas hogueras olientes a carne quemada. La choza, tal una enorme pira, no tarda en desplomarse con estrépito. Un siniestro griterío, mezcla de dolor, de rabia y de sarcasmo. Sucede después el reposado silencio de las brasas. Todo ha terminado.

En su ciego ensañamiento contra los extremistas los hombres del Gobierno no parecen darse cuenta de su propio desgaste y de la alarmante germinación de los elementos de derecha. En 1933 la erosión y la oposición ultramontana tenían avanzada su obra.

La derecha se unió a la izquierda ante el crimen de Casas Viejas. Se procesó al capitán Rojas, ante cuyas declaraciones hubo de procesar también al director general de Seguridad. Éste dijo que había recibido órdenes concretas del ministro de la Gobernación (Casares Quiroga), quien las había obtenido del propio jefe del gobierno (Azaña). Pero no se pasaría más adelante. Las órdenes de arriba habían sido: “Ni heridos, ni prisioneros: tiros a la barriga”

Del libro “Los anarquistas en la crisis política española (1869-1939)” de José Peirats. Utopía Libertaria. Buenos Aires, 2006

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